En Vaupés, donde el río marca el ritmo de los días y la selva define las distancias, un grupo de investigadoras de Ingeniería Ambiental de la Universidad de los Andes comenzó a tejer un proyecto que une ciencia, territorio y comunidad. No nació en un laboratorio, sino en una conversación: una reunión con la Gobernación del Vaupés que puso sobre la mesa una inquietud concreta y poderosa. En la comunidad indígena La Libertad, en Mitú, un grupo de mujeres llevaba años trabajando con la fariña, la harina tradicional de yuca, base de la alimentación amazónica y sustento económico local. La pregunta era clara: ¿qué más podía hacerse con el conocimiento, los frutos y la biodiversidad que ya existían allí?
La fariña no es solo un alimento. Es memoria, cultura y supervivencia. De la yuca, cultivada en las chagras, parcelas abiertas en la selva, se obtiene este granulado que da vida al casabe, una especie de arepa grande que acompaña casi todas las comidas, o al chivé, una bebida cotidiana que mezcla fariña con agua o jugo de frutas de temporada. Sin fariña, dicen en la región, el día no empieza.
Ese saber ancestral, transmitido de generación en generación, fue el punto de partida del proyecto.
Durante años, las mujeres de La Libertad procesaron fariña y la vendieron, incluso para programas de alimentación escolar. Pero la idea que empezó a tomar forma iba más allá. En la selva crecían otros frutos —abundantes, nutritivos, poderosos— que apenas se consumían localmente porque no había forma de sacarlos del territorio. El aislamiento geográfico, el transporte limitado por avión o río y la corta vida útil de los frutos frescos hacían imposible pensar en mercados más amplios. Transformarlos era la clave.
Así nació la apuesta por la liofilización: un proceso de ingeniería capaz de convertir frutos amazónicos en polvos estables, livianos y de alto valor agregado. Frutos como el guasaí wasaí (conocido en otras regiones como açaí), el mirití (moriche) y el copoazú, verdaderos superalimentos cargados de antioxidantes y compuestos bioactivos, podían dejar de ser productos efímeros para convertirse en ingredientes con potencial nacional e internacional.
Pero antes de pensar en máquinas y procesos, era necesario entender el territorio. ¿Cuántos frutos había realmente disponibles? ¿Cómo se cosechaban? ¿Qué prácticas ponían en riesgo la sostenibilidad del ecosistema? El trabajo comenzó con un componente social clave: investigadores locales, conocedores de la región y de sus dinámicas culturales, lideraron los primeros acercamientos con los capitanes y capitanas de las comunidades, figuras equivalentes a alcaldes comunitarios. Sin su aval, no hay diálogo posible.
Durante meses, se visitaron cerca de trece comunidades. Se realizaron encuestas, se recorrieron chagras, se escucharon historias. Así se descubrió, por ejemplo, que muchas palmas eran taladas para bajar los racimos, una práctica riesgosa para el ecosistema y para el futuro de los frutos. También se evidenció que, aunque había frutos, la oferta individual de cada comunidad no era suficiente para pensar en una producción a gran escala. La asociación entre comunidades aparecía como una condición necesaria.
La Ingeniería Ambiental entró entonces en escena con toda su complejidad. No se trataba solo de conservar, sino de transformar de manera sostenible. El equipo investigador comenzó caracterizando los frutos desde una mirada científica: ¿qué moléculas los hacían tan valiosos? Para responderlo, el proyecto se articuló con el Centro de Metabolómica, Met Core, de la Universidad de los Andes, el primer centro de metabólica del país, un espacio de química avanzada donde se identificaron metabolitos con alto potencial antioxidante, aplicaciones en salud, nutrición y cosmética.
Ese trabajo interdisciplinar permitió confirmar lo que las comunidades ya sabían por experiencia: que estos frutos alimentan, energizan y protegen. Pero también reveló un reto clave: muchas de esas moléculas son sensibles al calor y a la luz. Cualquier proceso de transformación debía ser cuidadoso. No bastaba con secar o cocinar; había que preservar la esencia del fruto.
Tras evaluar distintas técnicas, la respuesta fue la liofilización. A diferencia de otros métodos de secado, este proceso elimina el agua sin elevar la temperatura. Primero se congela la pulpa y luego, en un liofilizador, el hielo pasa directamente de sólido a gas mediante sublimación. El resultado es un polvo fino, estable y concentrado, que conserva las propiedades del fruto fresco.
Llegar a ese punto implicó un riguroso trabajo ingenieril. Se estudiaron los procesos tradicionales de despulpado, se estandarizaron tiempos de remojo y temperaturas, y se enfrentaron desafíos técnicos inesperados. El mirití, por ejemplo, tiene una semilla extremadamente dura que rompió equipos durante las pruebas. El copoazú, en cambio, exige un proceso suave para no dañar la semilla, de la cual también se extrae aceite. Cada fruto obligó a diseñar soluciones específicas, desde la selección de despulpadoras hasta la configuración del proceso piloto.
En paralelo, estudiantes de Ingeniería Ambiental participaron en análisis microbiológicos y fisicoquímicos. Garantizar la calidad del producto era indispensable para pensar en su comercialización. No se trataba solo de hacer un polvo, sino de cumplir estándares que permitan entrar a mercados exigentes, proteger la salud de los consumidores y asegurar la estabilidad del producto en el tiempo.
El resultado fue tangible: liofilizado de guasaíwaaí, listo para rehidratarse y convertirse nuevamente en pulpa, base de batidos, bowls o productos funcionales. Un superalimento amazónico que ya no necesita cadena de frío y puede viajar del Vaupés al resto del país, o del mundo, en una bolsa.
Con el respaldo financiero del Sistema General de Regalías, el proyecto dio un paso decisivo: llevar la tecnología al territorio. Los equipos, adquiridos a escala piloto, ya están en la región. Se está adecuando la infraestructura eléctrica, un reto mayor en una zona con condiciones técnicas limitadas, para montar una planta que funcione como un pequeño laboratorio comunitario. La idea es clara: que el proceso lo hagan ellos, que el conocimiento se quede allí.
Hoy, 37 familias aparecen como beneficiarias directas, pero el impacto potencial es mucho mayor. La liofilización abre la puerta a nuevos modelos de negocio: desde ventas directas al consumidor final hasta esquemas B2B con empresas de alimentos o cosmética. No es un camino sencillo. Las grandes compañías exigen volumen, calidad constante y trazabilidad. Por eso, el proyecto también ha contado con el acompañamiento de unidades de transferencia y análisis de mercado de la Universidad.
Más allá de los números, el proceso ha sido un aprendizaje cultural profundo. Los tiempos de la academia y del mercado no siempre coinciden con los tiempos de las comunidades indígenas, más ancladas al día a día que a proyecciones de largo plazo. El diálogo ha requerido paciencia, escucha y respeto mutuo. Transformar no solo frutos, sino miradas.
Este proyecto demuestra que la Ingeniería Ambiental va mucho más allá de la imagen tradicional de “cuidar ríos o sembrar árboles”. Aquí hay diseño de procesos, análisis químico, microbiología, sostenibilidad productiva y transferencia tecnológica. Hay ingeniería “pura y dura”, puesta al servicio del territorio.
En el corazón de la Amazonía, entre chagras, ríos y palmas, la ciencia se encontró con el saber ancestral. Y de ese encuentro surgió un polvo morado, cargado de historia, biodiversidad y futuro. Un liofilizado que no solo preserva frutos, sino también oportunidades.
Autora: María Angélica Huérfano











