En el aeropuerto El Dorado de Bogotá, y con muchas ansias, comenzó un viaje que ninguno de ellos va a olvidar. Sergio Andrés Arias, Daniel Alejandro Ocampo, Juan Esteban Rodríguez y Julián Camilo Mora, estudiantes y egresados del Departamento de Ingeniería de Sistemas y Computación de la Universidad de los Andes e integrantes de la iniciativa estudiantil Oasis, tomaron un vuelo rumbo a Boston para participar en Reality Hack at MIT 2026, uno de los hackatones internacionales más importantes en tecnologías inmersivas, realizado en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).
No solo iban a representar a su iniciativa y a su universidad: iban a medirse, por primera vez, con una comunidad global que reúne a quienes hoy están empujando las fronteras de la realidad virtual, aumentada y mixta.
La historia, sin embargo, no comenzó el día del viaje, sino muchos meses antes, en el Laboratorio Colivrí de la Facultad de Ingeniería, casa de Oasis. Desde hacía más de un año seguían de cerca esta competencia, soñando con estar allí algún día. En 2024 lo intentaron, pero el tiempo no les alcanzó y se quedaron por fuera.
Por eso, cuando en noviembre de 2025 se abrieron las inscripciones, no lo pensaron dos veces. Ese día, cuentan, no hubo clases, ni pausas largas, ni distracciones: se dedicaron por completo a construir portafolios, organizar proyectos, completar formularios y reunir al equipo ideal dentro de Oasis. Sabían que el proceso era altamente competitivo: más de mil personas se postulan cada año y solo unas decenas de equipos son seleccionados.
La diferencia, esta vez, fue la experiencia acumulada. Durante el último año habían desarrollado múltiples proyectos en realidad virtual y tecnologías inmersivas dentro de la Universidad: simuladores interactivos para eventos académicos, gemelos digitales de espacios de la Biblioteca y del Laboratorio CREA, aplicaciones experimentales para divulgación científica y escenarios de interacción en mundos virtuales.
Ese trabajo, construido desde la iniciativa estudiantil y en articulación con otros departamentos, se convirtió en su mejor carta de presentación. A mediados de diciembre llegó la noticia esperada: habían sido aceptados. Desde ese momento, comenzó una cuenta regresiva tan emocionante como exigente.
El apoyo institucional fue clave. El Departamento de Ingeniería de Sistemas y Computación respaldó el viaje y cubrió los gastos necesarios para que el equipo pudiera concentrarse en lo verdaderamente importante: prepararse. Pero en una hackathon de este nivel no se viaja con un proyecto listo. Todo se crea desde cero. Por eso, las semanas previas estuvieron dedicadas a fortalecer habilidades técnicas, afinar el trabajo en equipo y entrenarse para construir, en muy poco tiempo, una experiencia tecnológica sólida y funcional.
Reality Hack comenzó oficialmente el 22 de enero de 2026. El primer día estuvo marcado por talleres, charlas y encuentros entre participantes de más de 50 nacionalidades. Había estudiantes, investigadores, diseñadores, artistas, ingenieros, emprendedores y profesionales de empresas tecnológicas de todo el mundo. Entre pasillos, salas del MIT y mapas que no siempre resultaban claros, el equipo terminó, casi por casualidad, en la categoría Community Hack, una modalidad pensada para fomentar el trabajo colaborativo entre equipos internacionales. Ese “equivocarse de salón” terminó marcando el rumbo de toda la experiencia.
Los siguientes dos días y medio fueron una verdadera maratón creativa. Con un reto deliberadamente abierto, los “sueños” y las “máquinas de sueños”, el equipo decidió explorar el camino de la música y la expresión emocional.
En medio del cansancio, las pantallas encendidas durante horas y las dudas inevitables, llegó uno de los momentos más difíciles. Un juez cuestionó la idea inicial cuando ya estaban agotados. Cerraron los computadores, ordenaron la mesa, salieron a comer y se permitieron mirar el proyecto con otros ojos. Minutos después, otro mentor se acercó para decirles exactamente lo contrario: que lo que estaban construyendo era potente, creativo y muy prometedor.
“Nos dijo que era un gran trabajo, que incluso podíamos ganar. Ese contraste nos devolvió la energía para seguir creyendo en nuestra idea”, contó Julián.
Fue en ese proceso cuando conocieron a participantes de Italia, Francia y Estados Unidos, con perfiles en diseño, arte y emprendimiento. Al descubrir que sus proyectos se complementaban, decidieron unir fuerzas. Así nació el equipo internacional Between Us y una experiencia inmersiva que conecta el mundo real y el mundo virtual a través de la música.
Personas en el entorno físico, equipadas con sensores de actividad cerebral, y usuarios en realidad virtual crean, de manera simultánea, un universo interactivo que responde a lo que sienten, tocan y expresan.
La aplicación transforma señales cerebrales obtenidas mediante tecnología EEG (electroencefalografía) en paisajes digitales, partículas, sonidos y ambientes que evolucionan en tiempo real.
La propuesta integra varias tecnologías emergentes para transformar la forma en que las personas crean y expresan emociones a través de la música. El núcleo del proyecto es la realidad virtual, que permite ingresar a un mundo digital mediante visores capaces de reconocer el movimiento de las manos. Con esos gestos, la persona no solo interactúa con el entorno, sino que crea música en tiempo real.
Pero la experiencia va mucho más allá del sonido. A medida que la música se construye con los gestos, el entorno virtual también se transforma: colores, formas y paisajes cambian para reflejar lo que la persona está sintiendo. El mundo que aparece frente a sus ojos se convierte así en una representación visual de sus emociones.
Además, el proyecto incorpora sensores cerebrales que miden la actividad del cerebro mientras la persona produce la música. A partir de estas señales —frecuencias y diferencias de potencial, se analizan estados como la concentración, la emoción o la melancolía, lo que abre la puerta al uso de inteligencia artificial para interpretar estos patrones.
De esta forma, la música, la imagen y los datos del cerebro se integran en una sola experiencia: una tecnología que permite que otras personas no solo escuchen lo que alguien crea, sino que también vean y comprendan cómo se está sintiendo, convirtiendo la música en un verdadero canal para expresar emociones y sueños a través de la tecnología.
Para lograr que todo esto fuera una realidad, el equipo tuvo un as bajo la manga: el talento ingenieril uniandino.
“La fortaleza del ingeniero uniandino está en la calidad de sus procesos. Antes de desarrollar, nos sentamos a pensar: definimos objetivos, validamos ideas con design thinking, planeamos tiempos de prueba y preparamos cada entrega. Esa formación, que la Universidad de los Andes refuerza desde muchas materias, nos permite estructurar mejor los proyectos, cumplir los requerimientos y llegar a soluciones más sólidas, innovadoras y con mayor impacto que otros equipos”, sostuvo Juan Esteban.
Llegó el momento esperado
Cuando llegó el momento de presentar el proyecto ante los jurados, Between Us no llevó solo una demostración técnica. Llevó músicos en vivo, interacción real entre personas dentro y fuera del entorno virtual y una aplicación completamente funcional. Ese nivel de ejecución, poco común en hackathones de tiempo tan limitado, fue decisivo.
Entre los equipos de la categoría Community Hack, el proyecto recibió el reconocimiento a Best Execution, por la solidez, estabilidad y calidad de la experiencia presentada.
La premiación, sin embargo, no ocurrió como la imaginaban. Una fuerte tormenta de invierno obligó al MIT a cerrar sus edificios y a cancelar todas las actividades presenciales. La ceremonia se realizó de manera virtual, a través de Zoom, desde un Airbnb en el que se reunieron con los compañeros internacionales con los que habían trabajado durante días.
Cuando escucharon el nombre de su equipo, la reacción fue inmediata: gritos, abrazos, aplausos y un video improvisado para guardar ese instante. No hubo escenario ni auditorio, pero sí una emoción compartida que hizo todavía más significativo el logro.
Para Sergio, Daniel, Juan Esteban y Julián, la experiencia dejó una certeza profunda: el talento formado en la Universidad de los Andes está al nivel de los mejores equipos del mundo. No solo por las habilidades técnicas, sino por la forma de pensar los proyectos, estructurar procesos, aplicar metodologías como design thinking y construir soluciones reales en equipo.
“Estar en un escenario internacional nos permitió darnos cuenta de que estamos al mismo nivel que equipos de países como Estados Unidos, India, Japón o Francia. Pudimos aportar, entender todo lo que se discutía y presentar nuestros proyectos con seguridad, porque en la carrera estamos acostumbrados a trabajar por proyectos y a comunicar nuestras ideas”, agregó Julián.
También se llevan una red de contactos internacionales y la motivación de seguir desarrollando Between Us más allá del hackathon.
“Algo que nos dejó esta experiencia fue aprender a trabajar con personas de distintas culturas: planear en equipo, organizarnos, escuchar otras ideas y construir juntos. La universidad nos ha formado muy fuerte en trabajo colaborativo, comunicación y networking, y eso lo pudimos poner en práctica en un contexto real”, dijo Sergio.
Por su parte, Daniel aseguró que, más allá de lo técnico, lo más valioso fue aprender de las personas, de sus experiencias en la industria y de sus pasiones por la tecnología.
“Eso nos cambia la forma de ver el mundo y nos motiva a seguir creando comunidad en la universidad, compartir lo que aprendemos y demostrar que lo que se enseña en Los Andes es lo que hoy se está aplicando en la industria a nivel global”.
Porque, como ellos mismos lo vivieron en el MIT, la ingeniería también se trata de crear puentes: entre disciplinas, entre culturas y, ahora, entre el mundo real y el mundo virtual.
Autora: María Angélica Huérfano













