Una semilla de caña, un hongo benéfico aislado de suertes cañeras de Incauca y una tecnología desarrollada en la Universidad de los Andes. Tres elementos que, juntos, podrían convertirse en un nuevo bioinsumo para la industria azucarera. Esa es la apuesta de un proyecto de investigación y codesarrollo entre Uniandes e Incauca que busca llevar el conocimiento del laboratorio al campo y, eventualmente, al mercado.
La iniciativa, liderada por Felipe Salcedo, profesor del Departamento de Ingeniería Química y de Alimentos de la Universidad de los Andes, reúne a investigadores de distintas áreas de la Universidad y de Incauca alrededor de un reto concreto: proteger la semilla de caña de azúcar de la deshidratación y favorecer su desarrollo una vez llegue al campo.
“Cuando la caña se corta para convertirse en semilla —en realidad, un segmento del tallo conocido como esqueje— puede perder humedad durante el almacenamiento y el transporte. Esa deshidratación afecta su desempeño posterior y puede traducirse en pérdidas para el cultivo. El desafío, entonces, es encontrar una manera de proteger esos esquejes durante ese recorrido entre el corte y la siembra”, explicó el profesor.
¿Cómo proteger la semilla y, al mismo tiempo, ayudarla a crecer mejor? Esa fue la pregunta que le planteó Incauca a un grupo de investigadores de las facultades de Ciencia y de Ingeniería de la universidad, luego que la profesora María Francisca Villegas, del Departamento de Ciencias Biológicas, hiciera el contacto inicial aprovechando proyectos previos en común. Y la respuesta comenzó a tomar forma al unir dos desarrollos que hasta entonces habían recorrido caminos diferentes.
Por un lado, Incauca había aislado un hongo del género Trichoderma en sus cultivos de caña y contaba con resultados preliminares que sugerían propiedades benéficas contra hongos patógenos y en pro del crecimiento de la planta. Por otro, en el Grupo de Diseño de Productos y Procesos (GDPP) de la Universidad se había desarrollado previamente un recubrimiento multifuncional a base de almidón de yuca. Esta tecnología fue licenciada a la spin-off universitaria Metcover, fundada por antiguos estudiantes de posgrado del profesor Felipe, quienes además fueron sus principales desarrolladores al interior del grupo.
La innovación está precisamente en hacer que estos dos desarrollos trabajen juntos. El recubrimiento funciona como una capa protectora que ayuda a disminuir la pérdida de humedad de los esquejes, pero también como un vehículo para incorporar la Trichoderma y mantenerla en contacto con la semilla. En otras palabras, un mismo bioinsumo busca proteger la caña y llevar consigo un microorganismo benéfico que puede ayudarla a enfrentar condiciones adversas.
“Pero lograrlo no era tan sencillo como mezclar ambos componentes. Uno de los principales desafíos científicos consistía en conseguir que el microorganismo permaneciera vivo y conservara su actividad antifúngica dentro de la formulación”, sostuvo el profesor. En esta etapa fue fundamental el apoyo de Adriana Bernal, profesora del Departamento de Ciencias Biológicas y directora del Laboratorio de Interacciones Moleculares de Microorganismos en Agricultura – LIMMA
Después de evaluar diferentes formas de incorporación, el equipo obtuvo resultados positivos en las pruebas in vitro, un primer paso para demostrar que la tecnología podía funcionar.
La investigación dio entonces el siguiente salto: del laboratorio al invernadero. Con el apoyo de Yván Hernández, profesor del Departamento de Ingeniería Mecánica y líder del invernadero de la Facultad de Ingeniería, el equipo pudo evaluar la formulación bajo condiciones controladas.
Allí observaron variables como la emergencia de las plantas, el desarrollo de las raíces, la altura del tallo y el número de hojas. Los resultados fueron prometedores, especialmente por el efecto observado en el desarrollo de las raíces, y permitieron seleccionar una formulación para continuar con pruebas en campo. En el camino se han ido sumando investigadores y equipos de otras áreas de la Universidad, incluyendo el Ecosistema de Innovación, Emprendimiento y Transferencia, demostrando que la solución a este tipo de problemas no nace de una sola disciplina, sino del encuentro de diferentes conocimientos y capacidades.
Aunque el proyecto ya cumplió su primera fase de investigación y desarrollo, Incauca continúa realizando las evaluaciones hasta la cosecha. Los primeros resultados obtenidos alrededor del tercer mes han mostrado señales alentadoras, como un mayor desarrollo de las plantas y un incremento en el número de tallos por planta. Al final del ciclo será posible analizar variables fundamentales como las toneladas de caña producidas por hectárea y la relación sacarosa/fibra.
Esta primera fase cumplió sus objetivos: adaptar el recubrimiento a la semilla de caña, incorporar la Trichoderma conservando su actividad biológica, realizar pruebas en invernadero y campo y construir un primer bosquejo de modelo de negocio, aspecto en que han sido claves el trabajo del Ecosistema de Innovación, Emprendimiento y Transferencia de la universidad y el acompañamiento de Metcover. Pero llegar a un resultado prometedor en el laboratorio o en el campo es apenas una parte del camino. El siguiente desafío es acercar la tecnología a una posible aplicación comercial: para ello falta un importante trecho por recorrer que incluye avanzar en el escalamiento del proceso, estudiar los requerimientos regulatorios, definir alternativas de producción en masa y evaluar la logística de aplicación, todas ellas condiciones necesarias para que el bioinsumo pueda llegar en un futuro al mercado. Por eso, el equipo ya explora opciones para una segunda fase junto con Incauca.
Cuando investigar también significa conectar
Para que una idea como esta pueda avanzar, no basta con tener una buena tecnología. Hay que conectar personas, conocimientos, instituciones, recursos y capacidades. Y ahí aparece ENLACE, el equipo que ayuda a construir esos puentes y a convertir una oportunidad de colaboración en una alianza capaz de avanzar.
El proyecto con Incauca fue uno de los seleccionados en la Convocatoria de investigación para la cocreación y el codesarrollo de productos o servicios con perspectivas de comercialización, impulsada por ENLACE y financiada conjuntamente por la Facultad de Ingeniería y la Vicerrectoría de Investigación y Creación de la Universidad de los Andes e Incauca. Cada una de las partes aportó el 50 % de los recursos, reafirmando su compromiso con el desarrollo conjunto de esta iniciativa.
La convocatoria buscaba precisamente acercar a profesores y empresas para trabajar juntos en retos que pudieran convertirse en nuevas soluciones y, potencialmente, generar propiedad intelectual y retorno para la Universidad.
En este proyecto, ENLACE ha acompañado la coordinación y el seguimiento, ha facilitado la construcción de los convenios y ha articulado a las diferentes instancias de la Universidad que intervienen en el proceso. Su trabajo ha sido ayudar a que las piezas encajen: investigadores, empresa, equipos jurídicos, recursos, propiedad intelectual y el Ecosistema de Innovación, Emprendimiento y Transferencia.
Ese papel adquiere especial relevancia cuando se trata de codesarrollo. Aquí no se trata simplemente de que una empresa reciba una tecnología desarrollada por la Universidad. Incauca aporta conocimiento sobre su cultivo y sobre el microorganismo, mientras Uniandes aporta conocimiento científico y una tecnología de recubrimiento. Juntos desarrollan una nueva solución y, con ella, nuevas posibilidades de propiedad intelectual y comercialización.
Pero quizá uno de los mayores resultados del proyecto está en algo que no siempre se ve en una fórmula o en un resultado experimental: la capacidad de trabajar juntos. Ingeniería Química, Ingeniería Mecánica, la Facultad de Ciencias, estudiantes de pregrado y maestría, investigadores de Incauca y Metcover, y diferentes equipos de la Universidad se encontraron alrededor de un mismo reto. ENLACE ayudó a conectar esas capacidades y a que avanzaran en una misma dirección.
Esa es, justamente, la apuesta detrás de este tipo de alianzas: que el conocimiento no termine cuando sale un resultado de investigación, sino que encuentre nuevos caminos para ponerse al servicio de los retos del país. Que una pregunta de la industria pueda convertirse en una investigación; que una tecnología desarrollada en la Universidad encuentre una nueva aplicación; y que el trabajo conjunto pueda llevar esa innovación un paso más cerca del mercado.
Lo que comenzó con una semilla de caña, un microorganismo y una tecnología desarrollada en Uniandes hoy abre la posibilidad de crear un nuevo bioinsumo para la industria azucarera. Es una muestra de lo que puede suceder cuando la academia y la empresa dejan de trabajar en orillas distintas y empiezan a construir juntas: la investigación se convierte en innovación, la innovación abre nuevas oportunidades y el conocimiento puede encontrar la manera de transformar la industria.
“Este proyecto nos muestra que la investigación puede recorrer un camino muy interesante: comienza con una pregunta, pasa por el laboratorio, se prueba en el campo y puede terminar convirtiéndose en una solución para la industria. Lo importante es tener la capacidad de conectar el conocimiento con las necesidades reales y trabajar juntos para hacerlo posible”, concluyó el profesor Felipe.
Escrito por: María Angélica Huérfano Báez.








