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  • Terremotos en Colombia y Venezuela: lecciones para el futuro

28/09/2026

Un terremoto no solo pone a prueba los edificios; también pone a prueba el conocimiento con el que construimos nuestras ciudades. Este fue el planteamiento que estuvo en el centro de Terremotos 2026: Lecciones aprendidas en Venezuela y Colombia, un encuentro realizado el pasado 4 de septiembre en el Auditorio Lleras de la Universidad de los Andes, que reunió a expertos de la academia y del sector de la construcción para mirar de frente lo ocurrido tras los recientes sismos y, sobre todo, convertir la experiencia en conocimiento para el futuro. Manuel Antonio Lascarro, director general de la Cámara Colombiana del Cemento y el Concreto (Procemco), abrió la jornada con una invitación clara: después de un desastre no basta con atender la emergencia; también es necesario entender qué pasó, identificar qué puede mejorarse y compartir ese aprendizaje para construir ciudades más seguras y resilientes. La reflexión, señaló, debe abarcar desde la forma en que construimos hasta la planeación, la recuperación de las viviendas y la protección del patrimonio. 

Para Bernardo Caicedo, decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de los Andes, esa mirada hacia el futuro también exige reconocer cuánto ha aprendido la ingeniería colombiana. Durante su intervención recordó el terremoto de Popayán de 1983, de magnitud 5,5 y poca profundidad, que dejó cerca de 280 personas fallecidas en una ciudad de unos 120.000 habitantes. Casi cuatro décadas después, el sismo del 10 de agosto de 2026, mucho más profundo y de mayor alcance, afectó a ciudades donde viven cerca de tres millones de personas y dejó alrededor de 300 fallecidos. Las cifras siguen siendo dolorosas, pero para Caicedo también muestran el resultado de décadas de investigación, experiencia y evolución de la ingeniería sísmica en Colombia. “Un fallecido es triste, es un problema”, señaló, al plantear el siguiente desafío: seguir fortaleciendo el conocimiento para que las ciudades estén cada vez mejor preparadas. 

La primera charla magistral estuvo a cargo de Juan Carlos Reyes, profesor del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de Uniandes, quien llevó al público hasta el origen mismo del fenómeno: hace unos 4.600 millones de años, cuando se formó la Tierra. A medida que el planeta se enfrió, los movimientos de materia en su interior dieron lugar, con el paso del tiempo, a las placas tectónicas. Colombia se encuentra en una zona donde confluyen varias de ellas, entre estas las placas de Nazca y Suramericana, por lo que el movimiento de la Tierra hace parte de nuestra realidad y explica la alta actividad sísmica de buena parte del territorio. 

Desde allí, Reyes llevó la explicación hasta la mañana del 10 de agosto de 2026. A unos 103 kilómetros de profundidad se produjo una ruptura dentro de la placa de Nazca, un sismo intraplaca asociado al proceso de subducción. Su profundidad lo hizo diferente al terremoto de 1999, cuyo origen estuvo mucho más cerca de la superficie. Además, la ruptura de 2026 se desplazó hacia el suroccidente y concentró buena parte de su energía en esa dirección. A esto se sumó una diferencia importante en la duración del movimiento fuerte: mientras en 1999 fue de aproximadamente 10 segundos, en 2026 se acercó a los 50. Reyes explicó que una estructura no responde únicamente a qué tan fuerte se mueve el terreno, sino también a cuánto tiempo está sometida a ese movimiento. 

El terremoto tampoco se sintió igual en todos los lugares. Reyes mostró cómo las características del suelo y la topografía pueden amplificar o modificar las ondas sísmicas que experimentan las edificaciones. En Bogotá, los registros evidenciaron el efecto del suelo sobre el movimiento, mientras que en Manizales se observaron diferencias entre construcciones ubicadas en la parte alta y baja de las laderas. El caso de Cali abrió otra pregunta: ¿por qué zonas con edificaciones similares pueden experimentar afectaciones diferentes? Una parte de la respuesta está en los llamados efectos de sitio y en la importancia de contar con estudios de microzonificación sísmica que permitan conocer cómo se comporta el terreno en cada sector de una ciudad. Su conclusión fue contundente: los terremotos van a seguir ocurriendo y prepararnos implica entender no solo su magnitud, sino también su duración, la dirección de su energía y las condiciones del lugar donde se produce. 

La pregunta sobre qué tan preparados estábamos cuando ocurrió el terremoto fue el punto de partida de Juan Francisco Correal, profesor del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de Uniandes. Correal advirtió que, pocas semanas después del evento, las cifras disponibles todavía eran preliminares, pero ya permitían identificar algunos aprendizajes. Uno de ellos fue el papel de la exposición: el impacto de un terremoto no depende únicamente de su intensidad, sino también de dónde ocurre y de cuántas personas y edificaciones están allí. Los datos disponibles registraban entonces 362.000 personas afectadas en 494 municipios, con una concentración particularmente alta de afectación poblacional en Chocó y Quindío. 

Más allá de las cifras, Correal llevó la conversación a la razón de ser de la normativa sismorresistente: proteger la vida. Una edificación no necesariamente permanece sin daos después de un sismo fuerte; la norma pretende evitar el colapso y permitir que las personas sobrevivan al evento. Sin embargo, el terremoto de 2026 también mostró que tener una norma no es suficiente si lo que está escrito no se lleva correctamente a la realidad. En Armenia, por ejemplo, buena parte de las estructuras respondieron adecuadamente, pero se encontraron daños recurrentes en fachadas, cielorrasos, escaleras, parapetos y otros elementos no estructurales. El aprendizaje, señaló, es que las buenas prácticas y los detalles de diseño deben ejecutarse correctamente durante la construcción y que la reconstrucción es una oportunidad para no repetir las condiciones que hicieron vulnerable a una comunidad. 

Correal cerró esta parte de su intervención con una idea que conecta la experiencia del terremoto con lo que viene: la reconstrucción es una oportunidad para no repetir la vulnerabilidad, pero la prevención puede evitar que tengamos que reconstruir en las mismas condiciones. Para él, mejorar la seguridad de las ciudades no depende de una sola medida, sino de combinar normativa, buenas prácticas, investigación local, conocimiento del territorio y una correcta reconstrucción. También llamó la atención sobre la necesidad de incorporar ese conocimiento en el ordenamiento y en herramientas como la microzonificación sísmica, así como de invertir de manera anticipada en la reducción del riesgo. “Si yo invierto un dólar en mitigar el riesgo, puedo más o menos ahorrar entre 4 y 7 dólares”, explicó, al destacar que la prevención no solo protege vidas y patrimonio, sino que también puede representar un ahorro frente al costo de responder a un desastre.

Desde una perspectiva internacional, Kit Miyamoto, ingeniero estructural y presidente global de Miyamoto International, llevó la conversación hacia una pregunta que aparece cuando el movimiento termina: ¿qué hacemos después? Su experiencia en la evaluación de daos, la recuperación y la reconstrucción de comunidades afectadas por terremotos le ha mostrado que reconstruir no significa solo volver a levantar lo que se cayó. Primero hay que entender por qué falló, determinar qué puede repararse y establecer qué debe reconstruirse de otra manera. En Colombia, su equipo también participó en los esfuerzos de evaluación estructural y planeación de la recuperación después del sismo del 10 de agosto. Su mensaje fue claro: un terremoto no termina cuando deja de temblar la tierra; después comienza un proceso mucho más largo de recuperación que puede convertirse también en una oportunidad para reducir la vulnerabilidad futura. 

José Pepe Izquierdo, ingeniero civil especializado en ingeniería estructural, Principal de Porticus CSP y director de la Comisión de Terremotos del Colegio de Ingenieros y Agrimensores de Puerto Rico (CIAPR), llevó la conversación a una pregunta fundamental: ¿qué edificios deben seguir funcionando después de un terremoto?  

Izquierdo explicó que la seguridad sísmica no consiste únicamente en evitar el colapso de una estructura. También implica garantizar que hospitales, escuelas, centros de emergencia y otras edificaciones esenciales puedan seguir prestando sus servicios durante la recuperación. En el caso de los edificios patrimoniales, señaló además la necesidad de evaluarlos y reforzarlos sin perder de vista su valor histórico. 

Para el experto, la seguridad sísmica también exige preguntarse qué edificios necesitamos que sigan funcionando cuando todo alrededor se está recuperando. Durante su intervención puso el foco en las edificaciones esenciales, como hospitales, escuelas y centros de emergencia, que requieren un nivel de desempeño especialmente exigente después de un terremoto. Un hospital, explicó, no solo debe proteger a sus pacientes: también necesita conservar la capacidad de atender a quienes resulten afectados por el desastre. Habló además de las edificaciones históricas y de la necesidad de evaluar y reforzar las estructuras existentes antes de que un nuevo terremoto revele sus debilidades. 

Izquierdo resumió buena parte de su mensaje en dos conceptos: rigidez y ductilidad. Un edificio necesita suficiente rigidez para controlar sus deformaciones, pero también ductilidad para poder deformarse sin romperse de manera súbita. Para explicarlo, utilizó una imagen sencilla: durante un terremoto, los diferentes elementos de una estructura tienen que “bailar” juntos y al mismo ritmo. Columnas, vigas, muros, conexiones y refuerzos deben trabajar como un sistema. De ahí la importancia de detalles como el confinamiento de las columnas, los estribos y el refuerzo de los muros, que pueden determinar si una estructura logra disipar energía o falla de manera frágil. Su mensaje fue también una invitación a entender el cumplimiento de los códigos como un punto de partida y la buena práctica de la ingeniería como una responsabilidad ética. 

Las intervenciones de los expertos terminaron encontrándose en un mismo punto: la resiliencia de una ciudad comienza mucho antes de que ocurra un terremoto. La geología permite entender dónde y cómo puede producirse el movimiento; la ingeniería, cómo responderán las estructuras; las normas establecen criterios de seguridad; la construcción determina si estos llegan realmente a los edificios; y la reconstrucción ofrece una oportunidad para corregir lo que el desastre hizo visible. Las lecciones compartidas durante el encuentro muestran que cada terremoto deja información valiosa, pero que esa información solo adquiere sentido cuando se convierte en mejores decisiones. 

Al final, la pregunta que abrió el encuentro adquirió un sentido más amplio. Un terremoto puede durar segundos o minutos, pero sus lecciones pueden acompañar a una ciudad durante décadas. Prepararse para el próximo significa investigar, conocer el territorio, construir y reforzar mejor, proteger las edificaciones esenciales, cuidar el patrimonio y aprender de lo ocurrido. Porque el próximo terremoto no podemos evitarlo; lo que sí podemos transformar es la manera en que llegamos preparados a ese momento. 

Escrito por: María Angélica Huérfano Báez. 

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