¿Qué pasaría si un barrio pudiera convertirse en un laboratorio? No uno encerrado entre cuatro paredes, sino uno donde las calles, las huertas, los edificios y las personas fueran parte de la investigación. Esa es la apuesta del Laboratorio Urbano Vivo de Fenicia, una iniciativa de la Universidad de los Andes que convierte el sector del Triángulo de Fenicia, en el barrio Las Aguas de Bogotá, en un escenario real para probar, aprender y desarrollar soluciones a algunos de los desafíos de las ciudades del futuro.
La idea comenzó a tomar forma en 2021, cuando el profesor José Fernando Jiménez, del Departamento de Ingeniería Eléctrica y Electrónica de Los Andes, propuso crear un laboratorio de innovación para la ciudad en el marco del proyecto de renovación urbana del Triángulo de Fenicia. Más que transformar físicamente este territorio, la apuesta era aprovecharlo como un escenario para experimentar, aprender y demostrar cómo la tecnología puede ayudar a resolver problemas reales de quienes lo habitan. Así, Fenicia se convirtió en una oportunidad para fortalecer el vínculo entre la Universidad y su entorno, y para imaginar una nueva manera de hacer innovación: con la ciudad como laboratorio y sus habitantes como protagonistas.
De esta manera, la comunidad, la academia, el sector productivo y las instituciones públicas comenzaron a encontrarse alrededor de un propósito común: identificar problemas de ciudad, diseñar soluciones y probarlas en condiciones reales. Así empezó a tomar forma un ecosistema basado en la llamada cuádruple hélice de la innovación, donde universidad, comunidad, Estado y empresas pueden trabajar juntos.
Desde entonces, Fenicia dejó de ser únicamente el lugar donde se proyecta una transformación urbana para convertirse también en un espacio donde es posible experimentar cómo podría funcionar una ciudad más inteligente, sostenible y conectada con sus habitantes. Bajo este enfoque, el Buró de Innovación Germania (BIG) de Fenicia articula iniciativas alrededor de grandes retos como la integración energética, la movilidad sostenible, el nexo entre agua, energía y residuos, y la construcción y el ecourbanismo. Todo parte de una pregunta: ¿cómo hacer que la innovación responda a necesidades reales?
Para encontrar algunas de estas respuestas, el proyecto ha contado con investigadores que han puesto su experiencia y conocimiento al servicio del territorio, buscando convertir las preguntas de la academia en soluciones que puedan probarse en la vida cotidiana. Uno de ellos es Augusto Velásquez, estudiante del Doctorado en Gestión de la Innovación Tecnológica y director ejecutivo de la Fundación SmartCity Colombia, quien llevó esta pregunta más allá de Bogotá.
Durante una estancia en Corea del Sur, Augusto conoció experiencias de laboratorios urbanos vivos y descubrió algo fundamental: la tecnología puede transformar una ciudad, pero su verdadero potencial aparece cuando los ciudadanos también participan en su diseño y utilización. Más adelante, una estancia en el Tecnológico de Monterrey le permitió estudiar un ecosistema de relación entre universidad, empresas, gobierno y comunidad con importantes similitudes con el que se está construyendo en Fenicia.
De ese recorrido nació una apuesta de investigación que hoy encuentra en Fenicia su campo de experimentación. Uno de los proyectos busca comprender y atender el problema de las basuras en las calles. Otro trabaja con la huerta urbana de Fenicia, donde sensores permiten medir variables como la humedad y la temperatura, tanto en la tierra como en el ambiente.
“Esos datos alimentan, además, una herramienta que puede convertirse en una de las piezas más interesantes de este ecosistema: un gemelo digital de Fenicia. A partir de levantamientos realizados con drones, se construyó una representación tridimensional del territorio sobre la cual es posible ubicar información de lo que ocurre en el barrio. Así, un punto donde se acumula basura, una medición ambiental o cualquier otro dato puede dejar de ser simplemente una cifra y convertirse en información para comprender el territorio, tomar decisiones y, en el futuro, simular distintos escenarios”, señaló Augusto.
Pero la posibilidad de experimentar no termina allí. El Laboratorio Urbano Vivo puede convertirse en un espacio para probar tecnologías relacionadas con energía solar y eólica, estaciones meteorológicas, sensores, seguridad, servicios públicos, gestión del agua o incluso nuevas alternativas para regular la temperatura de edificios y espacios urbanos. Algunos de estos proyectos todavía son pilotos o ideas por desarrollar, pero justamente ahí está el valor del laboratorio: tener un lugar donde sea posible probar antes de escalar.
“Y hay una característica que hace especialmente valioso este modelo para la Universidad: Fenicia puede ser el puente entre los laboratorios que ya existen dentro del campus y los desafíos que ocurren fuera de él”, añadió el investigador.
La visión de largo plazo es abrir cada vez más las capacidades de investigación y experimentación de Uniandes para que otros actores puedan utilizarlas y para que el conocimiento producido en ellas tenga un camino más directo hacia la ciudad. El Laboratorio Urbano Vivo puede ser, así, una especie de puerta de entrada para llevar los laboratorios de la Universidad a escala urbana.
Esta visión también conecta a Fenicia con una conversación mucho más grande: la construcción del ecosistema de ciencia, tecnología e innovación de Bogotá. El Campus 2600 de Ciencia, Tecnología e Innovación busca articular capacidades de la academia, la empresa, el Estado y otros actores para impulsar el desarrollo tecnológico y la innovación en la ciudad. En ese contexto, el Laboratorio Urbano Vivo puede aportar algo especialmente valioso: un territorio real donde las tecnologías orientadas a resolver problemas urbanos puedan probarse antes de llegar a una escala mayor.
La apuesta, por eso, no es que Fenicia sea el único laboratorio de este tipo, sino que pueda convertirse en una pieza de un ecosistema más amplio. Ya existen conversaciones con actores del Distrito y del ecosistema de ciencia, tecnología e innovación de Bogotá para explorar cómo integrar este modelo a una red de nodos de innovación. La idea es que la experiencia acumulada en Fenicia, sus pilotos, su metodología y los aprendizajes de la comunidad puedan servir como punto de partida para nuevos proyectos.
Ese potencial también explica por qué el Laboratorio Urbano Vivo llegó a la exposición El Barrio: la ciencia de vivir juntos, una experiencia de la Universidad de los Andes que invitó a mirar el barrio desde la vida cotidiana y a preguntarse por la convivencia, el cuidado, la movilidad, la cultura y los desafíos de vivir en sociedad. Allí, Fenicia pudo mostrar que la ciencia y la ingeniería también ocurren en una esquina, una huerta, una calle o una conversación con un vecino.
En la exposición, una maqueta, herramientas de realidad aumentada y la representación digital del territorio permitieron imaginar cómo podría verse Fenicia en el futuro. Pero el siguiente paso es todavía más ambicioso: que una persona pueda pararse en cualquier esquina del barrio, sacar su celular y visualizar en realidad aumentada el territorio transformado; que pueda consultar información sobre las redes de acueducto y otros servicios; o incluso que pueda reportar una fuga de agua, un problema de alumbrado, escombros o situaciones que requieran atención. Es decir, que la tecnología no solo muestre la ciudad: que ayude a sus habitantes a participar en ella.
Porque, al final, el verdadero laboratorio no son los sensores, las pantallas, los drones ni los modelos digitales. Es el barrio y son las personas que lo habitan. Fenicia demuestra que innovar para una ciudad inteligente no significa únicamente llenarla de tecnología, sino aprender a escucharla, medirla, comprenderla y construir soluciones junto a quienes la viven. Y mientras nuevos pilotos empiezan a tomar forma, la Universidad de los Andes tiene ante sí la oportunidad de convertir sus capacidades científicas y tecnológicas en un gran laboratorio abierto para Bogotá: un lugar donde las ideas puedan probarse, los problemas convertirse en preguntas de investigación y las soluciones que funcionan puedan encontrar el camino para transformar la ciudad.
Escrito por: María Angélica Huérfano Báez.













