Lo que comenzó como un acercamiento académico entre la Escuela de Suboficiales de la Fuerza Aeroespacial Colombiana (ESUFA) y la Facultad de Ingeniería de la Universidad de los Andes hoy se consolida como una alianza clave para el desarrollo de la ingeniería aeronáutica en el país.
Más que un acuerdo puntual, se trata de una relación que se ha construido a lo largo de varios años, en la que la confianza, el trabajo conjunto y la articulación entre academia y sector defensa han permitido avanzar hacia proyectos de mayor alcance e impacto.
La relación entre la Universidad de los Andes y la Fuerza Aeroespacial Colombiana no es nueva. Durante más de seis años, ambas instituciones han trabajado juntas en distintos frentes, desde ciberseguridad hasta iniciativas espaciales, construyendo un vínculo que hoy se traduce en proyectos cada vez más ambiciosos. “Hemos logrado construir vínculos de confianza con FAC. Eso toma tiempo, especialmente en una institución donde la seguridad es clave”, explica Mario Linares, profesor del Departamento de Sistemas y Computación de Los Andes.
En ese camino, el convenio marco firmado en 2023, y recientemente renovado en abril de 2026, marcó un punto de inflexión. La colaboración con la Fuerza Aeroespacial incluso ya está escalando hacia el dominio aeronáutico, integrando capacidades académicas con infraestructura real de operación. “Esto es lo primero que estamos haciendo desde el lado aeronáutico en el marco del convenio”, señala Linares.
Pero el origen de esta historia se remonta aún más atrás. Hace cerca de siete años, en la ESUFA surgió una inquietud estratégica: explorar el uso de combustibles sostenibles en la aviación. “A nivel automotriz ya se estaban implementando mezclas, pero el sector aeronáutico estaba rezagado”, explica Juan David Pava, suboficial de la FAC en uso de buen retiro e investigador de la ESUFA.
Esa necesidad se alineaba con tendencias globales impulsadas por la descarbonización del transporte aéreo.
Para responder a ese reto, la Fuerza Aeroespacial comenzó a adaptar sus bancos de prueba, equipos altamente especializados que permiten evaluar el comportamiento de motores aeronáuticos. Lo que inició como una adecuación técnica evolucionó en un proceso continuo de modernización. “El banco ha tenido varias versiones, cada una con nuevas adaptaciones y aprendizajes”, añade Pava.
Fue en ese contexto donde Uniandes encontró un espacio natural para aportar. A través de visitas, intercambios técnicos y actividades conjuntas, estudiantes y profesores de Uniandes comenzaron a conocer de primera mano una infraestructura que difícilmente existe en entornos universitarios. “Esos bancos de prueba solo los tiene FAC en el país. Para nosotros es una oportunidad única”, afirma el profesor Linares.
Así nació una colaboración estructurada que ha seguido una evolución clara: primero, acercamientos institucionales; participación de nuestros profesores y estudiantes en eventos de la ESUFA; luego, exploraciones técnicas con estudiantes de pregrado y posgrado; y finalmente, la ejecución de proyectos reales en campo. Hoy, esa evolución se materializa en el proyecto AM37-T21-2026-06, uno de los primeros desarrollos conjuntos en el área aeronáutica.
El proyecto se centra en la modernización de la bancada de un motor PT6A-61A, una estructura clave que permite soportar el motor durante las pruebas. El desafío es complejo: las vibraciones generadas por el funcionamiento del motor afectan tanto la seguridad como la calidad de los datos. “Estamos desarrollando algo completamente nuevo. No estamos trayendo soluciones existentes, estamos diseñando desde cero”, explica Nelson Arturo Jiménez, inspector e instructor del Laboratorio Pruebas Motores Aeronáuticos del Comando Aéreo de Mantenimiento, quién también es suboficial FAC en uso de buen retiro.
Desde la mirada de la ingeniería, el problema es tan técnico como fascinante. Se trata de diseñar una estructura que sea capaz de soportar peso, empuje y torque, pero que al mismo tiempo permita medir y controlar las vibraciones sin eliminarlas por completo. “No podemos desaparecer la vibración, porque también es una señal que nos dice si el motor está funcionando correctamente”, añade Jiménez.
Ahí es donde entra el talento de la Universidad. Estudiantes del semillero SpaceTech, iniciativa enfocada en el desarrollo de tecnología aeroespacial, están liderando el diseño de esta nueva bancada. “Lo que estamos haciendo, en palabras simples, es diseñar una estructura que soporte el motor, reduzca vibraciones y permita hacer pruebas más seguras y frecuentes”, explica Miguel Ángel Herrera, estudiante de doctorado Uniandes involucrado en el proyecto.
El proceso no es solo académico: es profundamente experiencial. Los estudiantes trabajan directamente en las instalaciones de la ESUFA, reciben formación sobre motores reales y participan en dinámicas propias del sector aeronáutico. “Literalmente reciben clases sobre el motor, en vivo. Es un aprendizaje que no se puede replicar en un salón”, destaca Herrera.
Ese acceso a infraestructura y conocimiento especializado es parte del valor diferencial de la alianza. “Nosotros no vamos a tener motores de avión en la universidad, pero ellos sí. Y están dispuestos a abrir sus puertas para que nuestros estudiantes aprendan de la mano de expertos de la FAC”, añade el profesor Linares. A cambio, la universidad aporta su fortaleza en diseño, modelación y desarrollo de soluciones ingenieriles.
Ese es precisamente el corazón del “gana a gana”. “Ellos tienen el conocimiento operativo y la infraestructura; nosotros tenemos la capacidad de diseñar soluciones. Es una combinación muy poderosa”, asegura Herrera. Una sinergia que, además, fortalece la soberanía tecnológica del país: la capacidad de desarrollar tecnología propia sin depender de terceros.
El impacto va más allá de un solo proyecto. En el corto plazo, se espera consolidar el diseño de la bancada y avanzar hacia su simulación y posible manufactura. En paralelo, se proyectan nuevos desarrollos en instrumentación, automatización y análisis de datos. “Detrás de este proyecto vienen muchos más: sistemas de adquisición de datos, control, simulación. Esto apenas comienza”, afirma Jiménez.
A mediano y largo plazo, la visión es aún más ambiciosa. La alianza busca convertirse en una plataforma de formación, investigación y desarrollo para estudiantes de pregrado, maestría y doctorado. Incluso se proyecta la creación de un curso conjunto en motores de propulsión aeronáutica, con un componente práctico en los bancos de prueba. “Imagínate un curso entre Los Andes y la Fuerza Aeroespacial, con motores reales de aviones. Eso es algo único en nuestro país”, sostiene Linares.
En el fondo, esta alianza es una apuesta por el país. Por formar ingenieros capaces de diseñar soluciones en contextos reales, por fortalecer capacidades tecnológicas propias y por conectar el conocimiento con los desafíos estratégicos de Colombia. Porque cuando la ingeniería sale del aula y entra al hangar, deja de ser solo teoría y se convierte en transformación.
Escrito por: María Angélica Huérfano Báez













